ANTONIO COSCOLLAR SANTALIESTRA. Maestro de escuela.


Los debates en clase son importantes, más entre los jóvenes, y más aún en una  sociedad que da más valor a las palabras que a los hechos. Una ideología presenta su visión del mundo como una verdad absoluta, porque su finalidad es retener o alcanzar el poder político. El mercado global ya es otra ideología que, con carácter de pandemia, es capaz de modificar nuestras vidas.

La falta de claridad y de transparencia está transformando la política en una agencia de colocaciones. El pesimismo, como protección contra tanta charlatanería, se extiende. El pesimismo es un mecanismo de protección, que no es malo en sí mismo, excepto cuando el pesimista lo es respecto de los demás, pero es optimista respecto de sí mismo.

En política debería haber profesionales con buenos proyectos que, una vez cumplidos, regresen a su anterior ocupación.

¿Por qué no es la política un arte en lucha contra la infelicidad? La democracia surgió en los foros de las ciudades griegas. Los griegos nos enseñaron a ejercerla debatiendo acerca de lo justo, lo injusto, la verdad o la felicidad, pero teniendo como meta el bien común.

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El primer día de clase comenzó con un debate sobre cómo ser feliz. Un alumno señaló que llevar una vida sencilla reduce las preocupaciones y aumenta la felicidad. Otro, que el secreto para ser feliz no es tener más cosas, sino menos necesidades. Una alumna preguntó por qué no podemos ser felices sólo con aquellas cosas que nos hacen sentir seguros. Otra replicó: Para quien nunca se siente seguro, nada será suficiente. Otra apuntó que no se puede ser feliz agotando todos nuestros esfuerzos complaciendo a otras personas para que lo sean. Después lo aclaró: Me obcequé en que otra persona fuera feliz y acabé esclavizada, emocionalmente al menos.

El debate se enredó enumerando las cosas necesarias para llevar una vida placentera: smartphone, tablet, ordenador, ropa, conciertos de unos y otros, entrar y salir de casa sin limitaciones… La lista parecía interminable.

Entonces un alumno dijo: Oigo continuamente que la política sirve para cambiar la sociedad, mejorarla para ser más felices. ¿Es cierto? ¿Somos más felices? Yo no tengo edad para votar, pero ¿votar sirve para eso?, ¿sirve para algo?

Una alumna del fondo levantó la mano: Mi abuelo me dijo que la democracia es difícil porque siempre ha sido más fácil gobernar Esparta que Atenas. En su juventud no se  podía debatir como lo estamos haciendo nosotros. Entonces votar no era un derecho. Sin embargo, hicieron lo posible para convocar elecciones libres. No me siento en deuda con los políticos de hoy, pero sí con mis abuelos; si tuviera 18, por ellos votaría. Sonó el timbre. Se acabó el debate.

Al día siguiente, alguien había escrito esta cita de Abraham Lincoln en la pizarra: “No sé quién fue mi abuelo, pero me preocupa mucho más saber quién será su nieto”.

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