Foto del Superratón, una montaña rusa en las ferias
La música de cada atracción se mezclaba entre sí y borraba cualquier tipo de elemento reconocible, pero de vez en cuando oías por encima del ruido la risa del Ratón Vacilón. “Ay, que te como, que te como”

80.000 personas no sabemos si hubo, pero para ser lunes la noche en las ferias fue un éxito. Los niños corrían arrastrando a sus padres de atracción en atracción, mientras los más mayores tiraban dardos y anillas en los tenderetes de juegos. La música de cada atracción se mezclaba entre sí y borraba cualquier tipo de elemento reconocible, pero de vez en cuando oías por encima del ruido la risa del Ratón Vacilón. “Ay, que te como, que te como”.

La mayoría de los niños nos confesaron que su atracción favorita era el “Canguro”. Como para que no lo fuera: un pulpo mecánico zarandea a los niños como el kraken de Piratas del Caribe entre música distorsionada más allá del nightcore. Suena a un subidón de azúcar y a suspiros de maquinaria hidráulica, hay humo y huele al aceite del puesto de churros de enfrente. Igual es también nuestro nuevo sitio favorito.

Los coches de choque estaban a reventar. La gente disfrutaba de la violencia controlada con música de Camela y ruido de chispas, tanto que a unos chicos los vimos aguantar tres rondas seguidas. Cuando les preguntamos nos dijeron que llevaban toda la tarde. Justo fuera, mientras una joven se quejaba de que no le había tocado nada en la tómbola, a apenas diez metros le daban un jamón a un niño de no más de diez años.

La noria brillaba blanca en frente de las atracciones de pruebas, con filas que se alejaban pero compartían las caras de ilusión. La gente en la cola de al lado, la de la casa del terror, temblaba por los nervios. Las ferias son esperar a que pasen cosas para que cuando pasen te apetezca volver a esperar.

Y donde más hay que esperar es en la patata asada. La fila es kilométrica, pero vaya si merece la pena. Una patata en su punto, blanda pero masticable, cubierta de todas las cosas que te apetezcan. Carne, jamón, atún, maíz, queso y ríos de salsas que no verás en supermercados. De postre, buñuelos con chocolate. ¿Igual una jarra de cerveza en la Oktoberfest?

DE VALDESPARTERA A MÚNICH CON CRUZAR UNA PUERTA

La fiesta de la cerveza es una experiencia distinta. Transportarte de repente a Múnich desde Valdespartera parecería imposible si no fuera por una carpa con lonas azules y blancas y un decorado de casetas bávaras. Los camareros no llevan lederhosen, pero los tirantes y los gorros son suficientes cuando «Ein Prosit» (Un saludo) te hace brindar cada quince minutos.

La banda combina los mayores éxitos actuales con clásicos de fiestas de pueblo y canciones germánicas hilándolas sin que te des cuenta. Te unen una polka con un pasodoble, el “Saturday Nights” con el “Fliegerlied”, y terminan haciendo a todos los parroquianos bailar el «Paquito el Chocolatero».

La oferta de cerveza haría envidiar a cualquier taller de artesanos modernos. Tienen ocho tipos distintos de cerveza: de trigo clara (Maisel’s Weisse, la blanca de Maisel con sabor afrutado y especiado) y oscura (Original Landbier Dunkel, robusta y con cuerpo), la lager Grevensteiner, y la Pilsner Veltins. Los que prefieren el producto patrio pueden beber Ámbar Export, o disfrutar de la Radler con limón de la mítica cervecera zaragozana. También hay una especial para celíacos, con un cuidado especial en su elaboración, y Ambar 000 sin azúcares, alcohol ni huella ecológica para todos los que quieran cuidarse a sí mismos, a los suyos o al medio ambiente.

La cena también es espectacular, con ensalada de patatas y pretzel como entrantes. Los platos principales que más pedía la gente eran el codillo y la tabla de salchichas, que combina las frankfurt y bratwurst a las que estamos acostumbrados con pikantwurst, la salchicha para los más valientes, y la más típica de Baviera, la nurenberg, especiada con mejorana y acompañada de chucrut.

La gente bailaba y brindaba, hablando entre la música. Era la noche de los tatuajes y con cada cerveza te regalaban uno, así que la ambientación llegaba hasta los brazos de la gente. Las jarras de cerveza, con el volumen de una olla mediana, se hacen pesadas, pero los brindis eran la primera reacción en cuanto los camareros las dejaban encima de la mesa. Oans, zwoa, g’suffa!

NATOS Y WAOR EN ESPACIO ZITY

La fiesta no acababa en la Oktoberfest. A las 9.30 comenzaba el concierto de Natos y Waor, los raperos favoritos de tu hija. Después de ocho discos, han consolidado su carrera como uno de los principales dúos de rap del país. Su último disco, “Luna Llena”, salió el 13 de septiembre, hace apenas un mes. Sin embargo, la multitud gritaba todas y cada una de sus canciones.

Las cámaras dejaron de grabar y se convirtieron en luciérnagas que buscaban aire. Las manos apuñalaban el aire en aprobación del directo de los raperos. A la gente le dio igual canción nueva que vieja, lo único importante era gritarlas hasta dejarse la garganta. Los “Niños del Underground” montaron un espectáculo con tan solo dos voces ásperas, un DJ habilidoso y una pantalla; un ejercicio de realidad y crudeza en la era digital.

Y los gritos se convirtieron en lágrimas cuando cantaron “Cicatrices”, la canción que todos a los que preguntamos antes de entrar venían buscando. “Como si el mundo se acabara y se acabó por cierto”, cantan los madrileños. Y quizás un poco sí que se acabó, entre luces rojas e imágenes de calaveras. Pero a nadie le importó que se acabara, porque después tenían fiesta.

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